Wednesday, November 07, 2007

24. La Llegada De Rogelio

El día que Juanito cumplió los nueve años de existencia en su peculiar vida, en el cine de verano proyectaron "Kramer contra Kramer". El niño lloró a moco perdido, quizás por la emotividad de las lacrimógenas escenas, y también un poco por ver representado en Dustin Hoffman al padre que no pudo criarle por su pronto fallecimiento. Al finalizar la proyección, como siempre, Juanito tuvo que apagar las velas de la tarta que hicieron en su honor. Aquel año el cine se llenó, y casi todos se quedaron para saborear la tarta que por fin había dejado de hacer Doña Enriqueta, la mujer del proyeccionista, ya que le habían diagnosticado diabetes y se negaba a cocinar algo que no pudiera comer, cosa que agradecieron todos.
Pero el pequeño Juan llegó cabizbajo a casa. Batalla le preguntó que qué narices le ocurría, pero él no respondió, porque era lo suficientemente mayor como para comprender que no es de cuerdos mantener conversaciones con los perros. Juan nos explica qué le ocurría esa noche.

JUAN
Aquella película me conmocionó. Ver a ese padre tan dispuesto por criar a su hijo a pesar de las adversidades creó en mí un hueco abismal en mi vida interior: necesitaba rellenar el vacío que dejó mi padre. El carácter de mi madre no era suficiente para insuflar en mí ese porcentaje de masculinidad que hacía falta en mi desarrollo como persona. Mi madre no tuvo novios en su viudez; estaba demasiado ocupada en mantener su puesto de number one como tuperwoman como para ir pensando en ligues y mocerías.... Tampoco pensó en mí; no quiso buscar un hombre que ejerciera de padre. Pero esa lloriquera que me entró tras ver Kramer Contra Kramer le hizo darse cuenta de que efectivamente una presencia masculina en mi casa podía ser beneficioso para mí.
CONCHA
Pensé que sí que era verdad que yo no era capaz de transmitir a mi hijo ese toque masculino que mi hijo añoraba. Así que me puse a pensar en candidatos a ocupar ese hueco. Y oiga, ese hombre no tenía por qué ocupar otros huecos, no sé si me entiende.... Podría ser un vecino, un respetable abuelo del parque, ¡incluso el cura! Pero entonces me acordé de Rogelio, mi primo de Cádiz. Hacía muchísimo tiempo que no sabía de él, pero mi tía Angustias me pidió hace años que Rogelio deseaba vivir en Madrid, aunque no tenía ni una mísera peseta, y si le recogíamos en mi casa, le ayudaría a empezar en la capital a la par que daría una compañía masculina a mi hijo.
Así que escribí a mi tía Angustias invitando al primo a ocupar la habitación que estaba vacía. Recordaba al primo como un chico recatado, con aspecto pusilánime, muy poca cosa. Bien pensado, no tenía muy claro que fuese la persona adecuada para completar la educación de mi hijo, pero era el único hombre que conocía con ciertas garantías de que no acabara violándome, así que me arriesgué y me decanté por él.
Fue llamarle y dejarlo él todo para venirse a vivir a Madrid. Dejó incluso a su novia de toda la vida de Cádiz, porque decía que esa chica no iba a ser feliz en la capital, pero.... la verdad era que el auténtico amor de su vida vivía en Madrid, y él estaba dispuesto a hacer todo lo posible por conquistarla, ¡a pesar de que estaba casada con un banquero y tenía cuatro hijos! Pobre iluso.... Pero a mí eso me daba igual, siempre que aportara algún dinero a la casa y se ocupara de parte de la educación de mi hijo. El primer encargo que le hice fue su educación sexual....
JUAN
De repente vino a vivir a casa un tío de casi treinta años, al cual no conocía ni en fotos, y al segundo día de llegar me ve sentado en el sofá de casa mientras veía a los payasos de la tele y me lanza una revista, y me dice: "Toma niño, échale una ojeada y aprenderás todo lo que necesitas sobre el sexo". Era la revista Private, y venía un especial sobre "Garganta Profunda". Con los ojos más abiertos del mundo fui mirando las fotos página a página y al llegar a la 23 mi estómago no pudo más y fui directo al baño a vomitar todo lo que había cenado la noche anterior. Mi madre vio la revista que había causado mi indigestión y esa noche mi tío Rogelio durmió en la Pensión Doña Pepita. Al día siguiente volvió a casa tras suplicar a mi madre durante horas, y bajo promesa de no volver a decir, hablar, comentar, mostrar, hacer, y enseñar nada referido al sexo mientras viviera bajo sus techos. Y así fue.

Friday, July 27, 2007

23. El Cumpleaños De Pepito.

A la tierna edad de ocho años, Pepito cumplió ocho años. El enemigo eterno de Juanito daba un paso más hacia la madurez y su madre quería celebrarlo con una gran fiesta en su casa. A tal evento irían niños de todos los rincones de Chamberí, incluso niños de Cuatro Caminos y del Colegio de Nuestra Señora del Buen Consejo, en cuya fachada faltaba siempre misteriosamente la "s" de la última palabra. Irían unos 20 ó 30 niños incluido Juanito, mal que le pesara al del cumpleaños.

Susana, la madre de Pepito, lo tenía todo previsto: habría refrescos, galletas, globos de colores, Sugus de Suchard y una gran piñata. Mientras tanto, en su casa, Juanito rebuznaba con impotencia ante la obligación de acudir a la fiesta de su feo vecino. Concha, como buena diplomática, sabía de la importancia de dicho evento. Mientras los niños disfrutaban de la celebración en casa del homenajeado, las madres se reunirían en su casa para celebrar una reunión de Tupperwares; de forma que nada podía enturbiar el pepitil acontecimiento.

Horas antes, madre e hijo se acercaron al Corte Inglés para buscar un regalo. Juanito sugería todo tipo de objetos ridículos e inservibles, como un cepillo para la espalda o unas muñecas rusas, pero Concha se decantó por un juego de dardos. Por unos segundos, el niño se imaginó a sí mismo atado frente a la diana y al vil Pepito ajustando su puntería para clavarle el dardo en la punta de su nariz.... Acto seguido, Juan vomitó encima de una dependienta, y en quince años no volvió a pisar la sección de juguetería del Corte Inglés de Chamberí.

A las seis en punto, una fila de niños repeinados esperaban tras la puerta de entrada a la casa. Al abrir el niño, todos gritaron al unísono: "¡¡Felicidades, Pepito!!" Y entraron todos corriendo como vándalos en busca de las medias noches, caramelos y coca-colas que les esperaban en lo alto de la mesa de la cocina. Para estas cosas, Susana era muy imaginativa. Inventaba juegos para los críos para que en ningún momento se aburriesen. En una de éstas, ella se colocó junto a la puerta de la cocina con una cesta llena de sugus, y los niños debían correr alrededor de la casa siguiendo un circuito hecho con globos, y cada vez que pasaban por la puerta, Susana les daba un sugus y una palmadita en el culo, y a seguir corriendo. Luego, cuando ya estaban cansados, les hizo sentar en el suelo y se puso a imitar animales que los niños debían adivinar.

Mientras tanto, las madres estaban en casa de Concha en plena reunión tupper. Y mientras.... ¿Qué hacía Batalla? El perro de los Fernández no dudó en aprovechar la confusión del momento para hacer realidad sus sueños más húmedos.... ¡beneficiarse a Lilí, la perra San Bernardo del Primero B! Y en ese piso se encontraban los canes, mirándose melosos después de beberse un par de tequilas con limón y sal y decirse tres cosas bonitas al oído, así, susurradas.... Pero poco les duró el romanticismo, porque la pasión les desbordó como a lobeznos, y pronto adoptaron la postura del misionero.... hasta que observaron que era una postura inservible siendo perros, con lo cual adoptaron la posición "a lo perro", más propio de ellos. Y cómo se les cambió la cara cuando obervaron que un schnautzer miniatura era incapaz de alcanzar el fruto de los dioses de una perra San Bernardo, por mucho que lo intentara.

La frustración llevó a Batalla incluso a usar una caja de zapatos para elevar el pubis, pero.... resultó imposible. ¡Su gozo en un pozo! ¡Su pasión inmaterializada! ¡Se acabó lo que se daba! Ella le dio un besito en la frente y trató de consolarle pero, básicamente, Batalla estaba hundido en la miseria moral más absoluta. Cabizbajo retornó a su casa, encendió la tele, y se puso a ver los dibujitos mientras bebía un martini bien fresco.

Mientras, en casa de Pepito llegó el momento culmen de la fiesta. Del techo colgaba una gran piñata. Susana le tapaba los ojos a su hijo con un pañuelo negro, mientras todos los niños esperaban expectantes a que los miles de caramelos salieran dispersos de la piñata tras un golpe crucial de Pepito. Pero el vil niño se guardaba un as en la manga. Previamente, había hecho un pequeño agujero al pañuelo negro, pero no precisamente con la intención de dar un golpe certero a la piñata, sino para buscar a Juanito entre la multitud de niños y dar unos cuantos palazos. Cuando Susana gritó ¡yaaa!, Pepito ya había localizado a Juan a su derecha, y empezó a dar palazos buscando su blanco perfecto. Los niños empezaron a correr despavoridos y Juanito intentaba evitar los golpes de Pepito esquivándolos como podía. Susana, enfurecida con su hijo, no paraba de gritar que dejara de comportarse como un troglodita, y que le diese a la piñata de una puñetera vez, pero no había manera. La manada de niños abrieron la puerta de la casa y salieron de allí entre chillidos y aullidos, y sus madres, al oír semejante follón, salieron también despavoridas de casa de Concha, convirtiéndose aquella situación en un acto propio del hundimiento del Titanic.

Por supuesto, algunas madres aprovecharon el caos para hacerse con algún tupper sin pagarlo, y aquello supuso un enfrentamiento cruel entre Concha y Susana durante un largo tiempo. Pepito fue castigado durante un mes, y en compensación, susana le regaló a Juanito el contenido de la piñata que nunca llegó a estallar. El pequeño Juan comió tantos caramelos esa semana, que cogió una buena empachera, y durante 20 años jamás volvió a comerse un caramelo, ni siquiera un Pictolín.

Wednesday, May 23, 2007

22. Salvador, Un Amigo.

En el verano del 80, Juan cumplió siete años. Aquella noche, en el cine de verano, la celebración de su cumpleaños fue si cabe más triste de lo habitual: el Doctor Gutiérrez, el médico que le ayudó a nacer, acababa de morir. Él fue el que todos los años se encargaba de los preparativos para el cumpleaños del niño, y quien elegía la película a ver. En esa ocasión, hubo que improvisar y se tiró de la primera película que encontraron: ORDET, de Theodore Dreyer. Ni que decir tiene que el niño sufrió las secuelas durante todo el verano.
Pero aquel verano del 80 ocurrió algo muy importante en la vida de Juanito.
JUAN
Una tarde tediosa de verano, mi madre me llevó a la piscina del Canal de Isabel II. Ahí iba yo, con mis siete años y mi gordura sobredimensionada de la mano de mi madre. Me encantaría decir que acoplamos las toallas en el frondoso y verdoso césped, pero es que no fue así. Nos tuvimos que conformar con el único metro cuadrado libre del duro y rojizo suelo. Una marea humana poblaba aquel oasis en medio de la civilizada Chamberí. Aunque, según el alto nivel sonoro producido por los salvajes chichidos infantiles, estábamos más cerca de Sodoma que del Edén.
Mi madre debió de darse cuenta de que yo era el único niño que no chillaba, y que no lo hacía porque estaba solo y no tenía a nadie con quien gritar. Así que decidió acabar con la situación y buscarme un amiguito. Cual periscopio submarinesco, su cuello empezó a girar de un lado a otro buscando no un puerto donde atracar, sino a mi alma gemela; aunque se conformaba con alguien que aguantara dos horitas y así poder ella relajarse.
De repente, sus ojos hallaron un objetivo: un niño jugando solo con los cubos y las palas. Mi madre me cogió de la mano y me llevó hacia él:
- Hola niño, ¿cómo te llamas?- preguntó mi madre.
- Salvadorcito, pero mi abuela me llama Salvador.
- Mira Juan- dijo mi madre- éste es Salvador, y es como tú.
Y se fue. Y el niño y yo nos quedamos mirándonos con extrañeza. Y en mi cabeza retumbaba una única cuestión: ¿Qué quiso decir mi madre con aquello de "y es como tú"? ¿Cómo yo de chico? ¿Como yo de tonto? ¿Como yo de gordo? Efectivamente, él era tan gordito como yo, y quizás pensó que me hacía un favor uniéndome a otro niño obeso. Lo que no pudo imaginarse jamás mi madre era que ese niño gordo adelgazó todos esos kilos a los 15 años, que se apuntó a un gimnasio, que musculó su cuerpo como las estrellas de cine y que se convirtió en el ser más envidiado por mí. Y para más inri, Salvadorcito se convirtió en mi mejor amigo.

Wednesday, April 25, 2007

21. Concha VERSUS Señora de Cuenca.


La super tupperwoman Concha pasó una de sus mayores crisis profesionales en el otoño del 79. Su nivel de ventas bajó considerablemente, y en Cuenca una señora estaba a punto de quitarle el liderazgo que durante tantos años defendió. Concha se mostraba angustiada esos días, incluso llegó a hacer una muñeca budú de la señora de Cuenca usando una antigua muñeca Señorita Pepis. Ya no se trataba sólo de mantener la buena salud de la economía doméstica, sino más bien de cuidar su status dentro de la firma de tiestos de plástico.


Para conseguir acabar el mes como líder indiscutible, necesitaba conseguir una gran venta en el último día de octubre. Concha se acercó al cajón donde guarda sus papeles importantes y cogió una pequeña libreta donde se podía leer: Clientes Vips. Abrió la libreta en la página de la "C", y allí aparecía un único nombre: "Doña Carmen".


Doña Carmen era una señora de 59 años adinerada y recién enviudada, madre de dos hijos varones y reina y señora de un edificio de Chamberí. Sólo ella, con un poco de picardía, podía ser la clienta idónea para realizar una compra sustancial. Comprobó que la última vez que compró tuppers fue un año antes, con lo cual la super venta era posible. Concha pasó la mañana entera planificando la acción de venta. Al acabar, sobre la mesa del salón había tal cantidad de papeles, planos, mapas, facturas, folletos, indicaciones y códigos que parecía que Churchill, Roosevelt y Stalin acababan de planificar allí el Desembarco de Normandía.


Durante años, Concha había estudiado al milímetro la personalidad de Doña Carmen, y sabía que su punto débil era la inocencia infantil. Allá donde un crío lloraba, allá Doña Carmen aparecía como de la nada para evitar la lágrima del imberbe. Entonces se acordó del pequeño Juan. "Mira por dónde, el crío este me va a servir para algo", dijo la madre para ella misma.


Concertó entonces una cita con Doña Carmen, a las 4 de la tarde. En ese momento eran las 12 del mediodía, y la madre se fue corriendo al colegio a recoger a su cómplice Juanito: tenía que ensayar con él el plan de venta. Se inventó una excusa para sacar al crío de las clases: "Mire usted, es que el otro día le mordió una rata y le tienen que poner la inyección del tétano." La excusa coló, y a las 12:30 ya estaban en el salón de la casa dispuestos a planificar todo. Batalla contemplaba la situación con entusiasmo, mientras que Juanito no hacía más que buscarse el mordisco de la rata, pues aún era demasiado inocente como para pillar la mentira de la madre.


Concha empezó a hablar: "Escucha atento, Juanito, escucha atento, si es que no quieres comer piedras, porque me juego mucho en ésta operación de venta. El objetivo es Doña Carmen, la reinona de Chamberí. ¿Ves todo ese lote de tuppers? ¡Pues hay que lograr colocárselos todos! Si lo consigo, mi puesto de número uno quedará inmune, porque me consta que la señora de Cuenca se ha cogido un gripazo de órdago. Entonces tu labor es la siguiente...."


Juan le escuchó con toda la atención del mundo, consciente de lo que la unidad familiar se jugaba, y sobre todo él, ya que soportar a su madre humillada y ofendida era francamente inaguantable. El pequeño aceptó el desafío, aunque con un único requisito: una recompensa. "Pero mamá, si ganamos, me compensas llevándome a un cine de Gran Vía, que estoy harto del cine de verano, como te sale gratis...." La madre lo aceptó. "Si ganamos, te llevo al cine Callao, que allí iba con tu padre a hacernos manitas....¡Uyyy!"


Llegó la hora H, el minuto M, el segundo S, y sonó el timbre T de la puerta P. Era Doña Carmen con todo su moño. Madre e hijo se miraron, suspiraron para espantar los nervios y abrieron la puerta. Sobre la mesa de la salita, un juego de tuppers de última generación en colores beige y blanco. Concha preparó también un té y unas pastitas caseras para agasajar a la reinona. Y tras la merienda, comenzó su exposición de venta que tanto dominaba. Doña Carmen iba respondiendo bien, aunque con la frialdad que le caracterizaba. No era ella amiga de las grandes muestras de cariño, sobre todo cuando había dinero de por medio. Tenía ese complejo de los ricos, ese que les hace desconfiar de todos los mortales pensando que la amabilidad hacia ella se debía únicamente a la posibilidad de sacarle los duros. En este caso, así era, pero al menos ella se llevaría a casa un surtido variado de fiambreras de máxima calidad.


Hasta ese momento el plan de venta no variaba del plan standar. Pero, de repente, Concha simuló una pequeña indisposición gástrica y se excusó para dirigirse al baño. Al salir de la salita, la madre guiñó un ojo desde el pasillo a Juanito para darle a entender que ahora le tocaba a él. El hijo se encontraba en el sofá bien quieto hasta ese momento, intentando no despistarse para hacer su papel como es debido.


Pero, mientras tanto, algo se cocía en Cuenca. La señora tupper de allí pagó a una vecina de Concha para que le avisara ante cualquier movimiento extraño. La llegada de Doña Carmen fue notificada, de forma que a pesar de tener casi cuarenta grados de fiebre, se fue arreando hacia la casa de su cliente estrella, porque según sus palabras, "no voy a aguantar que la bruja esa me quite el primer puesto en el último momento".


En Madrid, Juan se encontraba en el momento clave, le tocaba a él decantar la moneda hacia su madre. Estando a solas con la reinona, el pequeño inició su monólogo:


"Zeñora, po favó, zeñora. Compre las fiambreras a mi madre, po favó, cómprelas. Estamo pazando un momento angustioso. Mi padre murió y desde entonces no damo pie con bola. Los tupper es lo único que tiene mi madre pa darme de comé. Y desde que murió Franco no zabemo qué pasa que las zeñora como que no compran tanto. Haga er favó de comprarlos. Mire, mire - Juan se levanta y empieza a mojar el pantalón - zeñora, hasta pipí me hago de la pena que llevo..."


En ese momento, Doña Carmen se levantó angustiada, sacó de su bolso mil pesetas, las dejó sobre la mesa y se fue de la casa llevándose todos los tuppers como pudo, sin esperar si quiera a Concha; la cual, salió del baño dando saltos de alegría uniéndose a su hijo en un éxtasis fiambrérico nunca visto en Chamberí; y menos aún en Cuenca, donde, por cierto, la señora no pudo vender ni una fiambrera, pues llegó a la casa de la clienta en tal estado que en mitad de la explicación vomitó encima de los tupper y claro, la señora como que no lo veía claro.


Juan enorgulleció a su madre y ésta le recompensó con una tarde de cine en el cine Callao. Vieron Campeón, y ambos lloraron a más no poder.




Sunday, April 01, 2007

20. La Vida Sentimental de Batalla.

Muchas veces no nos paramos a pensar en personas o cosas que están cerca de nosotros, quizás porque la cotidianidad nos nubla la vista, quizás porque andamos ocupados, o más probablemente porque no nos interesa lo más mínimo la vida interior de quienes nos rodean. Batalla, el fiel perro de Juan, lleva ya un año y medio en la vida del pequeño, y bien poco sabemos de él. ¿Cuáles son sus sentimientos? ¿Está satisfecho con su existencia? ¿Es gay? Según un reciente estudio de la Universidad de Massachuset, uno de cada veinte perros es gay, y un 100% es zoofílico. Pero no, nuestro Batalla es un perro hetero, es más, lleva toda su vida enamorado platónicamente de Tana, una perra San Bernardo de la vecina del primero B.

Pero Batalla, a pesar de la fiereza que despliega ante la presencia de Pepito, es en realidad un ser débil de espíritu, apocado, dado a los lloros en privado y a la bipolaridad. El can de Juan es el más pequeño de una camada de cinco criaturas. Ya desde su nacimiento tuvo una vida difícil, pues su madre nació sólo con cuatro tetillas, con lo cual una de las crías se quedaba siempre sin mamar, y solía tocarle a él por ser el benjamín. El hermano de en medio propuso hacer algo así como el juego de las sillas, de forma que todos los cachorrillos debían danzar rodeando a su madre y al cese de la música debían correr raudos hacia los pezones. Quien se quedase sin tetilla, se quedaba sin comer. Pero esta idea fue rechazada de pleno por los otros tres hermanos y la abstención de Batalla.

Al poco tiempo de nacer, Batalla tuvo que soportar otro trago amargo en su vida. Su dueña, la presentadora de televisión, se equivocó de sexo y a la hora de inscribir al cachorro en su tarjeta de pedigree le llamó "Melania", lo cual le convirtió en el hazme reir de todo el barrio durante un buen tiempo. Los demás perros le piropeaban como si se tratara de una dulce hembra entre risas y ladridos. Y toda esta crueldad perruna melló en su carácter... y en su relación con las perras.

Batalla llevaba no más de un mes en casa de los Fernández cuando la vecina del Primero B se hizo con una pequeña perra San Bernardo. Se llamaba Lili, en honor a Lili Marlen. Batalla y Lili se conocieron en el ascensor, pero la conversación no dio para mucho porque viviendo Lili en un primer piso, el trayecto no daba casi ni para hablar del tiempo. De vez en cuando sus dueños les sacaban por el parque, y después de hacer sus respectivas necesidades solían dedicarse un tiempo a olerse, pero Tana mostraba su actitud altiva de fémina refinada y se alejaba de Batalla como dando saltitos, lo cual el perrito lo interpretaba como una clara negativa a sus insinuaciones.

El tiempo pasaba y Batalla se hizo ya un perro en edad de merecer. Un día, una clienta de Concha que tenía una perrita schnauzer, le propuso un apareamiento. A cambio, la clienta le compraba un juego de seis tuppers. Concha no se lo pensó dos veces, y no tardó en concretar la hora y el sitio. El lugar convenido: la fría cocina de la señora; la hora: las once de la noche del 13 de octubre. La forzada pareja debía pasar la noche allí encerrada con la sana intención de llegar al menos a una copulación. La perrita, Curra, no le recibió muy cordial que digamos. "Si crees que vas a pasar una noche de sexo desenfrenado estás muy equivocado, ¿eh? Ya sé que en la nevera hay mantequilla, pero si te da por creerte Marlon Brando más vale que te lo pienses o serás el primer perro eunuco".

¡Guau! Batalla se quedó de piedra. Al otro lado de la ventana, las dos señoras les miraban con una mezcla de dulzura y picardía. ¡Sus perros iban a perder su virginidad delante de sus narices! Pero el tiempo pasaba y en aquella cocina lo único que se cocía era un par de coliflores. Batalla no dejaba de olisquear e intentar acercarse a la perrita, pero ella parecía transformarse en Alien al mínimo contacto. La único obsesión de Batalla era cumplir como machito, pues el desliz de su nombre femenino le creó una fama de mariposón que él quería eliminar de inmediato. Y no porque tuviese algo contra los gays. De hecho, algunos de sus mejores amigos lo eran. Pero necesitaba tener una imagen de perro macho si quería tener opciones con Tana. Así que se acercó a Curra y le dijo bien claro: "Nena, nos han encerrado aquí para procrear. Sabes bien que nos mantendrán encerrados aquí noche tras noche hasta que nos vean pegados. Así que tenemos dos opciones: o estamos persiguiéndonos como el perro y el gato oliendo a coliflores sin parar o lo hacemos de una vez por todas dejando el pabellón bien alto. Tú decides".

Curra pareció no pensárselo demasiado. Al final aceptó, y mientras los perros yacían, las dos señoras se reían al otro lado de la ventana, y la dueña de Curra le dijo a Concha: "¿Lo ves? El truco de las coliflores cociéndose es mano de santo. Ya puedes ir preparando el lote de tuppers, que tu perro está cumpliendo como un campeón. ¡Si hasta parece que se ha leido el Kamasutra!"

Y dicho eso, las señoras se fueron a tomar el té, mientras los perros permanecieron enganchados un buen rato con cara de circunstancias. Porque a ver qué cara se pone si no cuando dos seres se quedan enganchados por semejante parte mirando cada uno al otro lado esperando a que la cosa se desenganche....

Friday, March 23, 2007

19. Bellota Gorda.

El paso de la guardería al colegio es para todo niño un salto generacional con grandes consecuencias. En el momento en el que pisan por primera vez el colegio dejan de ser los enanos del barrio, para convertirse en los "menos enanos del barrio". Juan entró, a pesar de todo, llorando a su nuevo hogar estudiantil, como hacen la mayoría de los peques. Pero nadie le consoló en su trayecto por aquella jauría humana donde los niños mayores, los de seis años, se ensañaban con un pobre niño gordito. Bueno, gordo gordo no estaba realmente, pero... digamos que alrededor de su cintura había una gran circunferencia. Y fruto de esa sensación de niño gordo, Juan pasó algún que otro apuro....


JUAN
Tenía yo cinco años, recién ascendido a la E.G.B. Era un niño gordito más bien solitario entre tanto extraño. En la guardería debí de perderme las clases de empatía y relaciones sociales, y quizás por eso me costaba hacer amigos. Para mí los demás niños no eran niños, sino seres extraños de compleja personalidad. Animales asilvestrados que gozaban con la humillación ajena, gente competitiva que se sentían héroes por ser el que más corría, el que más chillaba, el que más pegaba. A los pocos días dejaron de llamarme Juan y me bautizaron como "Bellota Gorda". Era perseguido por el patio al ritmo de un cántico compuesto por uno de los mafiosos de la clase: Alfonsito. No es que fuera una gran pieza musical, pero destacaba por su capacidad de síntesis, unido a una melodía pegadiza:
Bellota Gorda,
Cómete la torta.
Bellota Gorda,
Eres una gorda.
ALFONSO GONZÁLEZ ORTIZ (ALFONSITO)
Recuerdo esa melodía. Surgió en mi cabeza como de la nada. La tarde anterior estaba viendo unos dibujos animados en la tele y una ardilla le decía a otra: "Mira qué bellota gorda". Y por alguna razón, en ese momento se me vino a la mente Bellota Gorda....quiero decir.... Juan. Cogí el piano de mi padre y en seguida compuse la melodía. Fue un éxito en el colegio. Gracias a esa popularidad di mi primer beso en la mejilla a una niña.
JUAN
Pero ese mote no llegó a hundirme. Lo acepté como algo natural. Si el recreo duraba media hora, sabía que cinco minutos iban destinados a los insultos. Luego se aburrían y se iban a jugar. Entonces yo aprovechaba y me acercaba a la cantina a comprar regaliz y gusanitos. Mi madre me daba todos los días tres pesetas, y si algún día se le olvidaba, se lo pedía a Sebastián Contreras, el más rico del colegio. Era tan rico como usurero. Recuerdo que el último día de clase en COU, con 17 años, se me acercó y me dijo: "Juan, toma, la factura. Son 960 pesetas, intereses incluidos". ¡Había ido apuntando todo lo que me prestaba desde 1º de E.G.B.! Hoy en día es consejero delegado de un banco muy importante, el más joven consejero delegado de un banco muy importante.

Tuesday, February 06, 2007

18. El Amargo Aliento del Borracho de Bar.

A la tierna edad de cinco años, Juan se dio un porrazo con la dura realidad, con los sinsabores de la traición: su aliado Cristobalito hizo honor a su viejo apodo de bebé-capo y, con la excusa de ingresar el dinero recaudado con el show en un fondo de inversiones.... se fugó con las ganancias rumbo a un pais desconocido, posiblemente en la mesopotamia oceánica. Y de esta forma, el pequeño Juan se quedó más frágil que nunca ante las adversidades que se le presentaban. En plena batalla con Pepito, el operativo ideado por el tandem no tenía nigún fundamento sin una base económica sólida.

Entristecido por su nuevo varapalo, Juan decidió ir al bar de debajo de su casa y pedir con toda la amargura que pudiese un buen vaso de leche. Como pudo se sentó en el asiento de la barra, puso mueca de fracasado, de indiferencia hacia la vida, y blanqueó su mente como hacen los borrachos. En ese momento, un hombre de unos cuarenta años entró en el bar y se sentó junto al pequeño. Su imagen no era muy diferente al de Juanito: su boca contagiaba su tristeza a los presentes, y sus labios secos y arrugados aclamaban su dependencia al tabaco. Ojeó un diario deportivo, pero rápidamente lo apartó con desmesura, como si hubiese comprobado que su equipo de siempre volvió a perder. Entonces, se fijó en Juan y en su vaso de leche, y comenzó a hablar.

CUARENTÓN
Eh, tú, chaval, ¿Qué haces aquí solo? Y bebiendo leche... haces bien. Si me hubiese dado por la leche la vida me habría ido mejor. ¿Estás casado? ¿No? Te diré una cosa, sigue así. Mantente independiente. No tienes que hacer algo sólo porque la humanidad lleve siglos haciéndolo. Es como si nos obligasen a emparejarnos de por vida, a ser esclavos de un trabajo y llegar a casa por las noches... a morir cada día. Nooo, no te cases chico, no a no ser que realmente estés enamorado, a no ser que sepas con toda seguridad que quieres compartir tu vida con la persona que duerme a tu lado...
Mírame. ¿Qué ves? Un hombre acabado, ¿verdad? Un hombre que no tiene más que hacer que compartir sus penas con el primero que se deje en el bar de turno. Todas las tardes, antes de anochecer, me acerco a un bar, entro con toda mi tristeza y dejo que mis penas establezcan su propia jerarquía de prioridades. Un suspiro, un lamento, un trago más... cualquier cosa que me devuelva un poco de vida, algo que me ayude a llegar a casa con dignidad. Pero luego abro la puerta... y mi dignidad se hace añicos.
Cuando muera, el único que me echará de menos será la botella de whisky. Ni siquiera el camarero de turno. Para ellos, yo sólo soy un borracho más, y si dejo de venir, mi hueco lo ocupará otro desgraciado como yo, otro hombre sin rostro ni futuro... Tan solo somos un aliento con mal olor, una mirada perdida y una mano temblorosa que abraza el vaso como el moribundo a su último suspiro.
¡Ja,ja,ja! "Su propia jerarquía de prioridades", a veces me sorprendo a mí mismo. Bueno muchacho. Sigue con tu leche, y siempre que te encuentres en una situación penosa, acuérdate de mí. Quizás eso te sirva a enderezar tu vida...

Saturday, December 02, 2006

17. Cucaracha's Puppy Doo

El día que Juan cumplió los 5 años, pusieron en el cine de verano Le Llamaban Trinidad, una de Bud Specer y Terence Hill. Juan se lo pasó de lo lindo viendo a esos dos fortachones dar puñetazos a diestro y siniestro, e imaginaba que era él quien pegaba a Pepito y su panda de matones. A la salida del cine, una vez que sopló las velas de la tarta que ofrecieron en su honor los vecinos de Chamberí, notó como un niño le agarraba de la camiseta.

"Eh, tú, ¿no me recuerdas?", dijo el niño. Juan le miró de arriba a abajo con cierta temeridad, esperando que sus siguiente palabras no fueran "soy tu fan número uno". Pero no fue así, y le dijo: "¡Chaval, soy Cristobalito, el bebé-capo!" "¡Hombreeeee, qué de tiempo! ¿Cómo tú por aquí?" "Pues ya ves, macho. No te veía desde que era sietemesino" Y así siguieron durante unos minutos con la típica conversación de conocidos.... Pero pronto Cristobalito vio en Juan un tono triste en su mirada, un halo de penosidad, un moco en su nariz.... Y le preguntó muy seriamente mientras chasqueaba los dedos: "¿Puedo hacer algo por ti, Juan? Recuerda que te debo una desde que me pasaste un donut de contrabando a la incubadora".

Y fue entonces cuando Juan vio en aquel chaval el aliado que todo país en guerra aspira a tener. Cristobalito no sólo era un pillín de cuidado, además, era un mastodonte para su edad. Pensó que introducir al bebé-capo en su guerra contra Pepito podría desnivelar la balanza hacia su lado, que después del incidente con las babosas su estatus quedó en un estado lamentable.

Juan le citó a la mañana siguiente en el parque: detrás de aquel árbol y en frente del columpio ese. Cristobalito escuchó con atención el relato batallil de Juan, y a medida que las palabras se iban sucediendo, por los gestos de aquel se deducía que en su mente se estaba elucubrando un plan estratégico digno de Montgomery. O era eso o es que le estaba sentando mal el cocido de su madre.... En cualquier caso, el capo le echó un brazo sobre su hombro y le dijo: "Juan, ese Pepito es un pringao. Déjame coger las riendas de tu conflicto y en menos de tres meses la chica será tuya y Pepito besará el suelo por donde pises".

Esas palabras le entraron en el cuerpo como dulces de leche. ¡Se sintió como Mussolini cuando se alió con Hitler! ¡¡Qué futuro más glorioso les esperaban a ambos!! El pequeño Juan tardó unos años en enterarse de que esos dos sujetos acabaron más mal que bien, pero lo realmente importante para él era que se abría un halo de esperanza, un halo de luz llamado Cristobalito.

Dos días después, el niño-capo citó a Juan enfrente del mercado, junta a la tienda esa. Cristobalito le estaba esperando con un periódico bajo su hombro. La contraseña era "culo-caca-pedo-pis". Y entonces el mafias le soltó a Juan la estrategia que había pensado en esos dos días: "Juan, todo imperio basa su fortaleza en una buena base económica. Sin dinero no hay armas, sin alimentos no hay espíritu, y sin estas dos cosas no hay triunfos. Con los dos duros que guardas en tu cerdito no hacemos nada, así que me vino una idea a la cabeza cuando me hablaste de esas cucarachas que tienes en tu baño. Sí, esas que por las noches....ejem, ya sabes. Con un poco de organización podemos montar un show para los niños de tu edificio, un show con un título sugerente: ¡Cucaracha's Puppy Doo! Cobramos a un duro la entrada, y con el dinero que ganemos, nos surtiremos para la gran victoria final."

JUAN

Escuchado así, "un show de cucarachas estripers", suena más bien a cachondeo, pero fue todo un bombazo durante una semana. Cada noche, Cristobalito y yo conseguíamos traer a casa al menos a diez niños, y ninguna madre se percataba del asunto. Imagínenese a diez niños saliendo de sus casas en mitad de la madrugada para dirigirse a ver un show de dos rombos en mi cuarto de baño.... y pagando encima un duro cada uno. Y todo para ver, si es que se daba la ocasión, a un par de cucarachas montándose una juerga entre ellas. Pero si aquello no ocurría, la organización lo compensaba otorgando a cada niño una galleta Príncipe de Bequelar o bien una porción de quesito de La Vaca Que Se Descojona.

Cristobalito colocó una mini bombilla roja en su linterna, de forma de con ella alumbraba las paredes del baño para ir creando ambiente. En silencio, esperábamos a que salieran las cucarachas rezando para que tuvieran la libido subida esa noche. Nadie respiraba, ninguno movía un músculo, y cuando los bichejos se ponían en acción, cada uno respondía de una u otra manera. Santiago el del cuarto vomitó, Luisito el del quinto perdió el habla unos días, aunque la mayoría respondiá con una gran indifirencia. "¿Y esto es todo?", llegó a decir alguno que otro. Pero qué querían, se trataba de cucarachas, no de Sofía Loren....

Un día le pregunté a Cristobalito de dónde sacó el nombre de Cucaracha's Puppy Doo, y me contestó: "De esa canción que cantaba Marilyn Monroe, sí hombre, esa que decía:

I wanna be loved by you,

just you and nobody else but you.

I wanna be loved by you alone

paah-deeedle-eedeedle-eedeedle-eedum,

poo pooo beee dooh!"


Monday, September 04, 2006

16. La Delgada Línea Roja de Juan.

Juan, con sus cuatro años y pico, era un niño básicamente escueto en cuanto al físico. Era muy delgado, huesudo, con una piel blanca que casi le transparentaba los órganos vitales. Las madres del parque le tiraban trozos de pan como a las palomas de la penita que les daba un niño tan enjuto. Sin embargo, su delgadez no se debía a la ineficacia de la madre. Era simplemente su metabolismo. Era fino, sin más, como el tronco de un girasol.

Pero Juan no sentía ningún pudor por su físico. Es de suponer que con cuatro años no se pretende ser modelo de la pasarela de Milán, pero se quiera o no, los comentarios de las vecinas podrían haberle causado algún trauma. Concha, sin embargo, no soportaba que le acusaran de mala madre alimentadora, de forma que un día decidió llevar al niño a un médico nutricionista con la intención de hacer engordar al chaval.

"Señora, que el niño se tome esta pastilla antes de cada comida". Esta fue la solución del doctor para la finura del pequeño Juan. Era tan delgado, que cuando se ponía el cinturón rojo los vecinos adultos decían "Mira, ahí va la delgada línea roja". Concha compró las pastillas y el niño empezó a tomarlas como si su vida dependiera de ello. Pasaba el tiempo y las pastillas empezaron a dar resultados visibles. Juan aumentó la talla de sus pantalones considerablemente. La madre tuvo que comprarle un juego nuevo de ropa debido al engrandecimiento del pandero de Juan. Semana a semana, mes a mes, Juan fue atrapando kilos y no dejaba escapar ninguno, hasta que un buen día el pequeño bajaba por las escaleras de su edificio y las vecinas empezaron a cuchichear. "Ay, qué niño más gordo"; "Qué mal alimenta al crío la Tupperwoman"; "Qué pena de niño, y con lo mono que era estando flaquito".

Juan, aunque no era muy despierto, no era sordo, y esos comentarios le llegaban a los oídos con suma facilidad. Luego subía a su casa, se miraba al espejo y empezó a darse cuenta de que médicamente hablando era un "niño obeso", o sea, un gordinflón. Así, sin más, pasó de ser "la delgada línea roja" a ser conocido como "el círculo rojo". Fue entonces cuando el chaval decidió dejar de tomar las pastillas del doctor. Su madre seguía dándoselas a pesar de que ya no le hacía falta engordar más, así que cada pastilla que le daba, pastilla que acababa tragándose el perro Batalla. El can de los Fernández jamás pudo imaginarse que su perfil iba a ser más parecido al de un pez globo que al de un schnauzer, y pronto entró en depresión. Se pasaba las horas viendo la carta de ajuste, y cada vez que sonaba el himno nacional al acabar la emisión en televisión, se echaba a llorar.

El chico no dudó en culpabilizar a su madre de su nuevo físico. Así que en la siguiente reunión de tuppers decidió hacer que ella sintiera el mayor de los ridículos posibles. Mientras Concha enseñaba a las señoras la fiabrera naranja, que lo mismo servía para guardar una sopa que unos calamares en su tinta, Juan apareció totalmente desnudo y se plantó en mitad de la salita diciendo con voz extraña: "¡Mira lo que hace.....el puerco de tu hijo!" Y sin más, empezó a mear delante de todas las señoras, que como liebres, empezaron a huir de la casa entre gritos y aullidos. Eso sí, sin dejar pasar la oportunidad de pillar alguna fiambrera aprovechando el descontrol del momento.

Thursday, August 03, 2006

15. Un Perro Llamado Batalla.

A la tierna edad de cuatro años el pequeño Juan entró en depresión. Incomprendido en la guardería, vapuleado por Pepito, ninguneado por su madre....era demasiado para un niño pequeño con escasa fuerza moral. La Guerra del Mojón en el Baño estaba recién iniciada, pero sus posiciones no se encontraban en buen momento. La estrategia ideada por Pepito conseguía un éxito que presagiaba el fin de Juan en esta dura confrontación. Pepito consiguió involucrar a su enemigo en una batalla de tizas de cuyo inicio fue acusado Juan, siendo castigado por las monjas a permanecer durante media hora con los brazos en cruz en una esquina de la clase.

Pero para Juan eso no era más que el comienzo, tan solo una batalla perdida. A sabiendas de que no se encontraba en su mejor momento, el pequeño decidió aguantar las embestidas del enemigo esperando un cambio sustancial que le ayudase a recuperar terreno, a finiquitar su flaqueza de fuerzas. Juan necesitaba un compañero, un fiel amigo que le diese moral y ganas de seguir adelante, y así fue como llegó a su vida y a su hogar un cachorro de perro de raza schnauzer, tamaño miniatura, color sal y pimienta. A la madre le costó lo suyo, tuvo que insistir a una señora de Donoso Cortés para que comprase 8 Tuperwares en vez de los dos que quería para poder comprar el cachorrito a una presentadora de televisión que los criaba, pero bueno, todo fuese por su hijo depresivo huérfano de padre. Quizás el perro, así bigotudo como era, ocupase un poco el hueco que dejó su padre, el pobre Antonio.

Juan acogió con alegría a su nuevo compañero, a ese cómplice que necesitaba. Le miró a los ojos, y con voz grave y contundente le dijo: "Eres pequeño y peludo, pero quiero que sepas que a partir de ahora me ocuparé de ti y saciaré todas tus necesitades. Mearás en la calle y también cagarás. Te dejaré oler a las chuchas y te daré de comer salchichas y arroz. Pronto te convertirás en un pequeño gran perro, y tu labor será sólo una: amargar la existencia a Pepito. A partir de ahora tú y yo seremos un verdadero equipo, y a partir de ahora te llamarás Batalla, en honor a la última batalla que libraremos para conseguir ganar esta Guerra de los Cien Mojones.....digoooooo, del Mojón en el Baño".

La estampa de Juan y Batalla caminando por las calles de Chamberí es todo un clásico. Aún hoy ambos salen a pasear, y aún hoy Pepito teme los gruñidos del pequeño perro. Pero el can tardó lo suyo en desarrollarse y entender su objetivo en la vida, y mientras el enemigo se aprovechó de la situación. Un día Pepito fue al parque y se encontró un grupo de babosas asquerosas. Las babosas son esos bichejos parecidos a los caracoles, pero sin caparazón. Se restriegan por la tierra dejando tras de sí un rastro de repugnantes babas, y de ahí viene su nombre, por si alguien lo desconocía.

Pepito los cogió una a una y los metió en una bolsa. Se fue corriendo a casa de Juan y llamó al timbre. Su enemigo no estaba, así que inventó una excusa para entrar en el cuarto de Juan. Concha no sospechó nada, ajena a la cruel guerra que ambos críos libraban entre sí, de forma que Pepito tenía campo libre. Abrió la colcha de la cama, y bajo las sábanas dejó libres a las siete babosas que había hecho presas. Luego volvió a tapar la cama cual camarera de piso y salió corriendo de la habitación.

Aún hoy en día los vecinos recuerdan el gran chillido de Juan cuando se metió en la cama y mientras entraba en sueño las babosas asquerosas se adueñaron de su cuerpo como si de un campo de lechugas se tratase. Pepito fue demasiado lejos, y como pasó con los otros grandes enemigos de la humanidad, no frenó su ansia de poder y dicho acto fue el inicio de su fin, aunque éste tardó lo suyo en llegar.

Sunday, July 23, 2006

14. La Guerra del Mojón en el Baño.

La vida es como un río, como decía el poeta, con sus aguas rápidas, sus ruidos, sus tramos de calma, sus rectas, sus curvas....sus zonas anchas, otras estrechas....Y parece que no, pero nuestro Juan Fernández ya tiene cuatro añitos, y España ya dejó de ser una dictadura. Juan afirma en la actualidad no recordar absolutamente nada de lo acontecido en esos tres años de su vida. Tan sólo, dice, recuerda la cara de Franco en su ataud, pues su madre se lo llevó con ella a mostrarle sus respetos al dictador. Concha fue muy franquista, de forma que esos días de noviembre fueron duros para ella, y durante un mes decretó luto oficial en su casa: un mes sin televisión, sin revistas y sin juegos. Sin chocolate, sin plátanos y sin bocadillos de chorizo. Rezos diarios del Padrenuestro por la mañana, por la tarde y por la noche. Prohibido decir jolines y mecachis, nada de pimienta, nada de azúcar y nada de cotilleos con las vecinas.

Pero estamos en 1977, y Juan ya es un pequeño hombrecillo de 4 años. Un niño flaquísimo, era la viva imagen de su padre, tan sólo le faltaba el bigote y su uniforme amarillo para confundirle con él. No sabemos qué le pudo pasar al crío durante estos tres años pero el caso es que Juan perdió en ese tiempo gran parte de su fuerza e ironía interior. Las demás madres le veían en el parque y tenían ganas de bajarle un plato de cocido. Parecía que había perdido su curiosidad innata, su malicia. El niño se sentaba en el parque y observaba a los demás chavales jugar a la pelota o al escondite sin ánimo de incorporarse al grupo. ¿Era Juan un niño superdotado incomprendido y aburrido de su lento ritmo de enseñanza? Nooooo, pronto detectaron que Juan en eso era muy normalito. ¿Tristeza por la ausencia de su padre? Quizás, pero aquello le pilló siendo muy pequeño, lo cual le impedía hacer reflexiones maduras sobre el sentido de la vida, el porqué de la muerte o la insensatez de la bicicletas tandem.

JUAN

El siguiente recuerdo que tengo de mi infancia es a mí mismo arrodillado, con las manos juntas y rezando el Ave María junto a Pepito en una guardería de monjas. Tenía cuatro años, y ese era mi rito diario de todas las mañanas. La siguiente imagen es yo mismo en la bañera y con un....mojón en el agua. No sé por qué narices tengo que recordar eso tan desagradable, pero así es. Pepito y yo compartimos guardería. Nuestras madres se pusieron de acuerdo para así repartirse los días de llevada y recogida. Así que muy a mi pesar Pepito y yo estábamos obligados a entendernos, lo cual costaba lo suyo.

Pepito hoy en día es un respetable lobo de negocios. Pese a su juventud, el chaval supo acaparar la atención y escalar posiciones. Está soltero, es feo, pero tiene amantes en cada puerto.

PEPITO
Para mí Juan siempre ha sido como una piedra en el zapato bien incrustada. Éramos vecinos y nuestras madres, aunque se odiaban, llegaron a un acuerdo para entenderse y llevar su maternidad de la forma más cómoda posible. Y eso me obligaba a ver su careto día sí y día también. Además, miraba muy raro a mi madre, como con deseo, y eso me sacaba de mis casillas.
Con las monjas era lo peor, siempre haciéndose la víctima y acusándome de todo a mí. Vale, de vez en cuando se me escapaba una zancadilla o le aplastaba mocos en la cara, pero eran cosas inocentes, sin mala intención. Y se lo merecía por acusica. Sé que él me odia también, me cree el causante de mucho de sus males, pero se equivoca. Él atrae sus males por sí mismo, es su sino. Y siente envidia de mis éxitos.
Con cuatro años ya era el rey de la cantina del colegio. Todos me saludaban con admiración, y las nenas se rifaban quién iba a ser mi chica del recreo de ese día. Soy feo, lo reconozco, pero tengo un encanto fuera de lo normal. A Juan le gustaba una niña que se llamaba Isabelita, pero un día le tocó a ella ser mi chica del recreo. Hablamos de muchas cosas, de los lápices de colores, de su perro, de los payasos de la tele....Y la conquisté al regalarle un cromo de Pulgarcito. Juan rabiaba al vernos juntos, y un día estalló. Se puso rojo y gritó "¡Te odio, Pepito, te odio!", y todo el mundo le miraba. Yo entonces contraataqué contándole a Isabelita lo del mojón en el baño y fue entonces cuando se inició La Guerra del Mojón en el Baño, que duró 6 años, justo hasta quinto de E.G.B.

Monday, July 17, 2006

13. Amor Imposible.

El día del entierro de Antonio, el pequeño Juan seguía aún bajo el cuidado de Susana. Ajeno a todo lo que ocurría en el cementerio, el bebé seguía disfrutando de unas minivacaciones en el 1º B. Juan seguía enamorado de Susana, y así nos lo sigue relatando él mismo:

JUAN
Estando allí con ella me sentía como en el paraiso, pero en el paraiso antes de que les echaran de allí. Yo no dejaba de observarle sus pechos. Como había aprendido a decir "teta", me pasaba las horas diciendo esa palabra con todas las tonalidades posibles: cariñoso, mimoso, insinuante, irónico, sarcástico, demoníaco....Pero nunca cedió a mis pretensiones. Y no lo entendía, ¿cuál era el problema, la edad? Al fin y al cabo, ¿qué eran 31 años de diferencia? Cuando yo tuviese 30, ella tendría 61. Y yo la cuidaría en su vejez al igual que ella a mí en mi "bebez".
Quizás el problema fuese Pepito. Vale, teníamos casi la misma edad, pero yo no hubiera tenido problema en darle mis apellidos y aceptarle como hijo, y él acabaría entendiendo la situación. Pero me acabé rindiendo ante la evidencia. Nuestra relación era imposible. No la podría llevar al cine, ni a restaurantes....ni dar paseos por el Retiro, a no ser que ella empujase del carrito. No podría invitarle a una copa, regalarle joyas....Ella acabaría por aburrirse de mis limitaciones, y de cambiarme de pañales cinco veces al día. Me echaría a llorar y ella no sabría porqué, y no podríamos mantener discusiones sobre los excesivos gastos de la casa. Y además, la sociedad no aceptaría nuestra relación. Era demasiado peso para ella, así que decidí dejar aparcado mis sentimientos, y me dediqué a tirar mi chupete continuamente al suelo, que es lo que hacen los bebés.
SUSANA
Realmente Juan fue un bebé un tanto extraño, pero Concha me pidió ese favor y no podía negarme, claro, a pesar de que Pepito ya me daba bastante guerra. Me sorprendió mucho que acudiera a mí, teniendo en cuenta que no le era simpática. Aunque pensándolo bien, quizás fue precisamente por eso por lo que me encasquetó a un bebé durante 3 días. Concha siempre ha sido una mujer de armas tomar, y en aquella época más si cabe. Entre usted y yo, ella se pensaba que yo pretendía a su Antonio, y por eso me tenía entre ceja y ceja.
Se pensaba que por vivir sin mi marido durante tanto tiempo yo me dedicaba a flirtear con los maridos de las demás. Incluso llegó a divulgar por ahí que a ver si Pepito era realmente hijo del marinero o vaya usted a saber de quién. Hasta que un día no pude más y subí a su piso. Abrió la puerta y le dije claramente que yo era fiel a mi marido y que se dejara de estupideces, que por nada del mundo me iba a liar con Antonio, entre otras cosas porque no soporto los bigotes.
En cuanto a Juanito, ummmmm. Todavía hoy en día siento que me devora con su mirada, fruto más bien de un amor platónico no consumido.....gracias a Dios.
Una vez enterrado el bueno de Antonio, una nueva realidad habitaba en el hogar de Juan. Concha recogió a su hijo con lágrimas en los ojos, y una cierta mirada de odio a su vecina, pues al ver cómo reaccionaba el bebé al ser apartado de las dulces manos de Susana, Concha no pudo evitar revivir aquellas dudas sobre la honorabilidad de su ya difunto marido. No obstante, no quiso parecer grosera, puesto que siempre viene bien tener una vecina que haga de cuidadora de vez en cuando.

Monday, July 03, 2006

12. Concha y Antonio: Su Historia de Amor.

El primer día tras la muerte de Antonio fue un calvario para Concha. "¿Y ahora qué traje le pongo?" Se preguntaba la viuda. El difunto nunca fue amigo de los trajes de vestir, así que Concha tuvo que vaciar una de las huchas de ahorro para comprarle uno. "¿Es para la oficina o para los domingos?" Le preguntó el dependiente. "Es para un funeral", respondió Concha atónita, y se echó a llorar cuando aquel hombre le dijo: "Y no se preocupe si su marido engorda, porque tiene tela para ensanchar."

La madre de Juan se dio verdaderamente cuenta de su situación de viuda cuando vio que la televisión estaba encendida y su marido no le hacía ni caso, y eso que ponían una de Conchita Velasco. Al velatorio, en la propia casa, acudieron las personas justas, y muy pocos lloraban de verdad. Paco, Gutiérrez y Mariano, compañeros de Correos de Antonio, regalaron a la viuda una colección de sellos de temática pajaril. Cigüegas, pelirrojos, canarios, grajos....toda clase de pájaros ahí metidos. La vecina del quinto B le llevó una fiambrera con croquetas, rellenas con el resto de la pata de jamón de la Navidad pasada. La empresa del Tuperware mandó una corona de flores que rezaba: "Conserve sus fiambres en fiambreras Tuperware". Nunca se sabe dónde hay un potencial cliente....

Concha observaba a su marido y miles de recuerdos se le amotinaban en su cabeza. Su primera mirada furtiva, sus besos sencillos bajo la escalera de un portal, sus discusiones diarias....Momentos bellos y también tristes, como en toda pareja de humanos. Viéndole ahí quietecito intentaba recordar por qué se casó con él, pues realmente no lo recordaba.

CONCHA
Conocí a Antonio por pura casualidad. Fui un sábado por la mañana a la oficina de Correos de Guzmán el Bueno. Recuerdo que iba llorando, en mis manos llevaba una carta dirigida a quien entonces era mi novio, y en ella le hacía saber que nuestras relaciones habían acabado, que me llegaban rumores de indefilidad a cada momento, y no lo soportaba más. Él vivía en Santurce, y la relación a distancia era insoportable. Entonces llegué al mostrador y allí estaba Antonio, delgaducho y con todo su bigote. Me vio llorar y me cogió la mano. Me dijo que no llorase, que nada ni nadie se merecía unas lágrimas tan bellas. Esas palabras me cautivaron. Yo dudaba si mandar la carta o no, porque mi futuro dependía de ello. En cuanto le expliqué su contenido a Antonio no dudó en convencerme de que debía mandarlo, incluso certificado y urgente. Y eso hice. La carta llegó a su destinatario, y Antonio y yo empezamos a salir.
Dábamos paseos por el Retiro, nos metíamos en los cines de Gran Vía y nos volvíamos riendo hasta llegar a Chamberí. Fue un bonito noviazgo. Su bigote me incordiaba, pero me dijo que era una herencia familiar, y que no se lo podía afeitar. Un buen día, merendando en una cafetería bulliciosa, se arrodilló ante mí y dijo: "Mira, una moneda de cinco duros", y con eso pagó la merendola. Y así seguimos un día y otro y otro hasta que me pidió en matrimonio. Y no pudo hacerlo de otra manera, me mandó una carta pidiéndome que me casara con él, y que se afeitaba el bigote si hiciera falta. Pero no le hice pasar por ese mal trago. Le mandé un telegrama diciéndole que sí, que le quería, y que hiciese el favor de limpiarse por detrás de las orejas. Y así fue cómo acabó nuestro noviazgo y empezó nuestro.....matrimonio.
Antonio fue enterrado entre los sollozos, los suspiros y los "ay, ¿por qué?" de la familia del fallecido de al lado. "Ya podían ponerse de acuerdo con los horarios, o bien distribuir a los muertos a cierta distancia", dijo la vecina del quinto. El problema de Antonio fue que no se dejó querer, y por eso su presencia en este mundo fue prácticamente ninguneada, a excepción de la hipoteca del piso, que mensualmente le hacía una visita.

Saturday, July 01, 2006

11. Susana, la Diosa del Primero B.

Momentos tristes en el hogar de Juan Fernández. Su padre murió el día en el que el bebé cumplía un año, y a partir de ahí nada iba a ser igual. Concha quedó viuda en su mediana edad y la muerte de su marido le dejó atónita y pensativa: "¿Tenía Antonio un seguro de vida? Si no, me voy a tener que hartar de vender tupers". Pero ya habría tiempo para pensar en esas cosas. De momento, había que rezar por su alma, y de paso enterrarle.

Concha no quería que su hijo estuviese presente en esos duros momentos. "Vamos- dice Juan- ni que me fuese a acordar de aquello teniendo un año." Pero por si acaso Concha decidió dejarle su hijo a Susana, la joven vecina del 1º B, al menos hasta que Antonio estuviese enterrado. A Susana no le importó hacerse cargo del niño, al fin y al cabo, ella tenía un bebé de 4 meses, así que teniendo un llorón en casa, lo mismo da tener dos. Al mismo tiempo, el favor ayudaría a suavizar ciertas tensiones entre ambas por asuntos pasados.

Era tal la tensión, que Juan jamás había llegado a ver a su famosa vecina, así que fue toda una sorpresa para él cuando Susana fue a recogerlo: "¡Vaya bombón!" Exclamó Juan. El pequeño quedó tan impresionado por la belleza de su cuidadora que durante esos dos días que estuvo con ella ni se percató de la ausencia del chupete en su boca. En esas 48 horas, Susana se convirtió en su fijación. Pero antes de intentar algo con ella, el bebé debía inspeccionar el terreno.

JUAN
Marido no había, ¡bien! Bueno, sí había, pero era marinero de alta mar y llevaba 4 meses fuera. Por lo visto le dieron el permiso justo para ver nacer al niño. Lo vio y en seguida se cogió un taxi para Vigo y otra vez a la mar. Tampoco había perro, lo cual me facilitaba las cosas, ya que soy alérgico a ellos y de haber uno me hubiese pasado el día estornudando mocos. No había suegra, ni abuelo ni gatos, así que el camino estaba despejado. Pero pronto me di cuenta de que sí había algo que obstaculizaba nuestra relación: otro bebé, Pepito.
Su mirada amenazante me observaba a cada momento. Con un pequeño gesto lo decía todo: "Soy Pepito, ¡y tú escoria!" Yo no entendía por qué me veía como un enemigo, al fin y al cabo ella era su madre y mis intenciones hacia ella no eran de hijo a madre, sino de hombre a mujer. Aparte, el hecho de que el novio de su madre hablase en su mismo lenguaje siempre era una ventaja. "Que no, Susi, que no quiere leche, que quiere brandy". Pero Pepito era una persona tan negativa que era incapaz de apreciar esas ventajas, y yo tenía claro que nada ni nadie evitaría nuestra relación.
Susana era una joven maravillosa. En 1974 tendría unos 30 años, no más. Vestía siempre de forma cómoda y juvenil. La sonrisa nunca faltaba en su mirada y su pelo moreno ondulaba por su rostro como olas de mar. Aquel primer día con ella me conquistó definitivamente cuando me cogió en brazos y me miró con sus ojos más tiernos: "Ay, pequeñín, ay pequeñín, ay mi pobrecito", me dijo, y acercó sus labios a mi mejilla y me besó. Yo la miré y pensé: "Eres mía, baby". Y ella me miró y dijo: "Me parece que se ha cagado".
Pepito era un canalla, pero sólo tenía 4 meses, así que aún tomaba leche del pecho, y ese espectáculo no me lo podía perder yo. Susana me sentó en una trona y luego cogió a su bebé. Se sentaron en el sofá de la salita, encendió la tele y después, con toda la sencillez del mundo, se quitó dos botones de la camisa y se sacó un pecho. Pepito me miró de reojo y se lanzó como un vándalo hacia esa obra divina, ante lo cual no pude evitar sentir toda la envidia del mundo. Empecé a agitar los brazos, a moverme de alante a atrás y a abrir los ojos como si quisiera que se salieran de su cavidad. Sin darme cuenta mi boca se abría y se cerraba y algo en mi interior estaba ocurriendo. De repente, mi lengua posó ligeramente entre mis dientes inexistentes y una exalación escapó de mí con tanta fuerza que de mi boca salió una sonora y trepidante palabra: ¡¡TETA!!
Mis primeras palabras de bebé fueron "teta", y ocurrió un día después de haber cumplido un año. No sé si llegué a batir algún record, pero fue tal la impresión que se llevó Susana que del susto fue incapaz de amantar a su hijo durante días, cosa que Pepito me reprochó durante años.

Sunday, June 25, 2006

10. La Sonrisa de Papá.

15 de julio de 1974. El pequeño Juan Fernández cumple su primer año de vida. Su madre ha querido celebrarlo acudiendo en familia a un cine de verano, rememorando así el accidental nacimiento del bebé, y de paso, abaratando costes, pues el ayuntamiento regaló a la familia un bono perpetuo para los cines de verano. Algún concejal incluso pretendió bautizar al cine como "Cine de Verano Juan Fernández", pero la petición fue rechazada de pleno por todo el consistorio, llegando a ser calificada como de "estúpida idea", "parida de concejal aburrido" o "necedades del mequetrefe de turno".

Esta vez la película a visionar era CASINO ROYALE, aquella sátira del héroe James Bond. Acudieron al cine todos aquellos que presenciaron el nacimiento un año atrás, excepto Miguel Rodríguez, que el pobre falleció víctima de una croqueta mal cocinada. A las 23:05 pararon la película, encendieron las luces y ofrecieron un pequeño ágape, que de hecho, más que un ágape fue un agapito. Y en seguida siguieron con la proyección. Por supuesto al acto no faltó el Doctor Ricardo Gallardo Muñiz, el que se cargó con la responsabilidad de ejecutar el parto, y el cual se sentó junto a Concha y Antonio.

Antonio, por cierto, aún no había perdonado a su hijo la jugarreta de meses atrás. Salió muy dolido por la experiencia, era la primera vez que un bebé le tomaba el pelo de semejante manera. Era tal su desengaño que decidió retirarle la palabra durante un año, a lo cual el bebé le respondió de la misma manera, y de su boca no salió ni una sola palabra.

Aquel acto de celebración en el cine no llegó a celebrarse nunca más, pues al acabar la proyección, ninguno de los presentes aportó su contribución acordada, y salieron todos despavoridos huyendo de aquel parque como si de la peste se tratara. Y el médico, que fue quien dio la idea del acto, tuvo que apechugar con todos los gastos.

Esa noche llegaron a su casa contentos. Concha se pasó todo el camino de vuelta cantando el "La, La, La" de Massiel, mientras que Antonio y su hijo miraban a otra parte avergonzados. Puesto que habían tomado algo en el cine, decidieron acostarse nada más llegar. El bebé en su cunita y el matrimonio en su cama, aunque marido y mujer dormían separados por una fila de cojines, para evitar así contacto alguno e impedir que un nuevo calentón tuviese como consecuencia un hermanito para Juan. Dormían como lirones a las 3 de la mañana, o eso parecía......Juan quiere narrar en primera persona lo acontecido.

JUAN
Eran las tres de la mañana, y decidí darme una vuelta por el cuarto de baño para ver si veía a las cucarachas. Me bajé de la cuna y me fui desplazando evitando cualquier ruido delatador, pero me sorprendió ver de repente una sombra en la oscuridad y sonidos de pasos. Pronto descubrí que debía de ser mi padre, y me fui acercando poco a poco hacia el baño, pues era allí a donde parecía que se dirigía él. Pegado a la pared del pasillo, escuchaba los sonidos habituales en dicha situación: meada, tirada de la cadena del báter, lavado de manos....y de repente un sonido no habitual, más bien un ruido, ¡un cataplás!
Reconozco que ese ruido me desconcertó del todo, y que el miedo se apoderó de mí. Gateando acudí como pude al baño hasta ver a mi padre en el suelo. Le vi y me sorprendió del todo. Pensé: "¡mi padre jugueteando conmigo! Claro, seguramente me escuchó y quiso buscar la broma tirándose por los suelos...." Lo cual significaba que su enfado había llegado a su fin, que no había motivos para renunciar a la relación padre-hijo por semejante tontería, ¡que en el fondo me quería! Y me alegré tanto que yo me eché a reir, a carcajear, y mi padre, ahí tirado en el suelo, me miró, como con cierto esfuerzo, y sonrió.
Mi padre murió de un ataque al corazón, y yo pensaba que me hacía bromas tirado en el suelo. Mis carcajadas no llegaron a despertar a mi madre, y hasta que no le desveló la mañana no descubrió el cuerpo de mi padre sin vida. Yo, cuando me aburrí del juego de mi padre, me volví a la cuna, y dormí plácidamente el resto de la noche, recordando para siempre la sonrisa más sincera que Antonio, mi padre, me había dedicado jamás.

Sunday, June 04, 2006

9. La Venganza del Bebé.

Ya hemos narrado que la relación Antonio - Juan no era precisamente la de un padre modelo cariñoso con su hijo. Las obligaciones primordiales le correspondían a Concha, "que para algo le has parido tú", solía decir Antonio. Pero el problema era que las demás obligaciones propias de un padre tampoco eran atendidas por él, y esto no ayudaba nada a fortalecer la relación paterno filial. Parecía más bien una especie de Guerra Fría, pero cambiando los misiles por biberones. Era como un "sé que estás ahí, pero procura no mirarme", pero esta situación no iba a durar siempre, por desgracia para Antonio. Un buen día tuvo que enfrentarse con la situación sin miramientos, mirar a los ojos a su hijo y compartir juntos un día entero sin la presencia de la madre.

Un domingo, Concha tuvo que ausentarse todo el día de la casa. Tenía que adoctrinar a una Tuperwoman novata, así que dejó al pequeño Juan en manos de Antonio, el padre de la criatura. Todo un día con el bebé, y con la única ayuda de un manual de instrucciones y una pequeña guía en caso de emergencia, el cual te explicaba qué tenías que hacer si el bebé caía de un sexto piso o si se tragaba las piezas del parchís, con dados y todo.

El plan del día era sencillo: 1- Lavado de bebé, 2- Biberón de bebé, 3- Cagada de bebé, 4- Misa con el bebé, 5- Almuerzo de bebé y 6- Siesta de bebé con peli de vaqueros en la tele. Eran seis pruebas las que tenía que pasar Antonio, capaz de repartir 1000 cartas en una mañana, pero incapaz de controlar a un humano de 50 centímetros. Pero lo que no sabía Antonio, lo que no se podía esperar, era que su hijo escondía dentro una fuerza sobrenatural capaz de acabar con civilizaciones y líderes históricos: LA VENGANZA.

No se entiende que una cosa tan pequeña y suave pudiese albergar una sed de venganza tan inmensa, y todo porque el bebé se sentía engañado por la educación sexual ofrecida por su padre. Todo ello originó un reconcome en su interior que estuvo alimentando hasta esperar el momento más oportuno, porque ya se sabe que la venganza es un plato que se sirve frío, como la ensalada de arenques.

El pequeño Juan empezó la mañana muy bien. Se dejó llevar por las inútiles manos de su padre sin mostrar la más mínima queja, y eso que el padre lo hacía tan mal que cualquier otro bebé ya hubiese pedido la hoja de reclamaciones. A Juan le daba igual que la leche estuviese ardiendo, que le bañase con agua congelada o que le pusiese los dodotis del revés, que él no rechistaba lo más mínimo ante la incredulidad del padre, el cual llegó a pensar que a lo mejor eso de ejercer de padre no se le daba nada mal. Pobre iluso. A eso de las 12:15, pater et fili salieron de la casa rumbo a la iglesia más cercana. Todo orgulloso Antonio iba llevando el carrito con la tranquilidad de la tarea bien hecha, y con la seguridad de que su niño iba a tener un comportamiento ejemplar en la misa, que iba a ser la envidia de todas las mamás.

Era tal su confianza en el bebé, que Antonio decidió atreverse a plantarse en primera fila, a medio metro del altar, ante la incredulidad de todos los presentes. Juan lucía una angelical sonrisa, aunque por dentro retenía todos los pecados capitales juntos, meciéndolos en una coctelera explosiva que en cualquier momento estallaría. Empezó la misa, todos en pie. Una oración, otra, las lecturas, ahora sentados, ahora de pie, el cura hablando.....y Juan manteniendo un comportamiento magnífico, en silencio y sonriendo. Llega el Padrenuestro, la paz, ¡la comunión! Y cuando estaban todos rezando en silencio, cuando apenas se oía el sonido de las llamas de las velas, el infante tomó aire, se le hinchó la cara y empezó a gritar y llorar como si mil demonios le hubiesen poseído al mismo tiempo.

En ese momento todas las miradas se dirigieron hacia Antonio con expresiones de odio y regocijo. Es como si hoy en día hubiese sonado la Macarena en pleno momento de oración interior en la iglesia. La sonrisa angelical pasó en unos segundos a llanto demoníaco, y el padre intentó escapar de aquella situación tan vergonzante lo más rápido posible, pero el bebé había trucado las ruedas del carrito, y tuvo más dificultades de las que podía imaginar. Pero pudo lograr salir del templo, y juró no volver más a ese, aunque tuviese que andar media hora más para llegar a otro. Y una vez en la calle el pequeño Juan dejó de chillar, bebió agua y miró a su padre como diciendo "Ahí queda eso, pringado".

Saturday, June 03, 2006

8. El Placer del Gateo.

Aunque parecía no escuchar, el pequeño Juan prestó toda su atención a las palabras del vejete, e intentó tenerlas en cuenta durante su vida. Otra cosa, eso sí, es que lo llevara a la práctica. Pero de momento Juan Fernández sigue siendo un bebé que pasado un tiempo ya empezaba a gatear. El gateo para un bebé debe producir algo parecido a lo que sintió Colón al descubrir América: todo un territorio virgen por explorar.

Juan aprovechaba las siestas de sus padres para escaparse de su jaula e investigar su entorno, el cual no era precisamente muy grande. Los Fernández residían en un piso discreto de Chamberí, con dos habitaciones, salita, un baño y cocina, y era un piso interior, claro. Juan insiste en relatarnos una anécdota que recuerda.

JUAN
No sé realmente a qué edad empiezan los niños a gatear, pero un buen día me vi a mí mismo desplazándome por mis propios medios. Pronto entendí que la hora de la siesta era la mejor para iniciar una de mis aventuras a ras del suelo, especialmente el día que se comía cocido, y no sólo por escapar de las flatulencias varias de mi padre. Recuerdo un día en el que me fui desplazando hasta llegar al cuarto de baño. Abrí la puerta y mis ojos no podían creer lo que vi. ¡Descubrí a dos cucarachas fornicando en mi baño.....y me miraron mal! Rápidamente se subieron los pantalones y salieron huyendo entre insultos, o al menos es lo que recuerdo.
El caso es que aquella imagen perniciosa me conmocionó: acababa de descubrir el sexo, y lo que había visto no tenía nada que ver precisamente con lo que me contó mi padre días antes de lo de las florecitas y las semillitas. Aquellas cucarachas parecían pasárselo demasiado bien como para estar intercambiando semillas de flores, y no lo hacían precisamente con la postura del misionero.... La verdad es que sexualmente fui un niño precoz, pero no en obra, sino en pensamiento, palabra u omisión. A partir de entonces, dejé de creer en todo lo que me contaba mi padre. Claramente me mentía y me negaba las grandes satisfacciones de la vida: el chocolate, los bocadillos de chorizo...y ahora el sexo. Claro, que igual lo hacía por mi bien, para no traumatizarme en exceso teniendo en cuenta que sólo era capaz de hacer 5 cosas por mí mismo: mear, cagar, chillar, llorar y ahora gatear.

Friday, May 26, 2006

7. El Viejo del Parque.

Una vez superada esta primera crisis, madre e hijo vivieron en armonía durante tres meses, denominado para la historia como La Paz del Café Central, pues fue allí donde Concha se untó el pezón en vinagreta. Durante ese tiempo el pequeño Juan se convirtió en un bebé ejemplar. Apenas gritaba, apenas lloraba, apenas cagaba....Su pediatra llegó incluso a decir en un Telediario: "Llevo 32 años de profesión, y jamás he visto a un bebé cagar tan poco". En cualquier caso, el niño no daba problemas, por lo que Concha empezó a ilusionarse algo más con su hijo. Durante esos meses, incluso le llevaba al parque cada tarde.

Chupete en boca, el niño se agarraba a su sillita y la madre le daba un paseo por las calles de Chamberí hasta llegar al Parque de Santander, donde se sentaban en un banco a tomar el fresco. Pero la ilusión de Concha por su hijo no siempre rozaba la perfección, de hecho, en ocasiones se dejaba llevar por su inestable forma de ser, hasta el punto de desatender al pequeño Juan por unos instantes. En una ocasión, un sábado por la mañana, madre e hijo estaban en el parque cuando de repente Concha se dio cuenta de que no le quedaba tabaco. Sin duda era el peor vicio que tenía, junto con la ludopatía y la lobectomía. Era incapaz de estar más de 20 minutos sin un cigarro en la boca, de forma que en ese momento su principal objetivo era comprar tabaco. El estanco más cercano estaba a dos calles, y era tan orgullosa que no se quería dignar a pedir tabaco a cualquier viandante, así que se levantó, vio a un vejete solitario en un banco cercano y le pidió que por favor cuidara a su hijo durante unos minutos.

El anciano se sorprendió, y aceptó el reto con la misma ilusión que si le hubiesen propuesto hacer un viaje a la luna. Total, estaba leyendo por enésima vez El Conde de Montecristo......y sin embargo nunca había cuidado de un niño, pues su mujer, Rosario, era estéril, y aunque él fue putófago, nunca llegó a criar a ninguno de sus 5 hijos bastardos.....pero esto es otra historia.

El vejete asomó su cabeza para ver la carita del bebé, y se encontró a Juan mirándole de reojo como diciéndole "¡Oiga, que el chupete es mío!". Al abuelo le pareció muy tierno lo que vio, y sonrió, pero su sonrisa pasó rápidamente a un gesto de tristeza y amargura. Miró al cielo, luego al niño, y le dedicó estas palabras:

VEJETE
Chaval, ¿cómo te llamas?.....¿Todavía no hablas?......¿Qué edad tienes...tres, cuatro años? Da igual, al menos escucha atentamente lo que te voy a decir. Disfruta el momento, porque estás en la mejor etapa de tu vida. Ya sé que ahora te cagas encima, y eso jode, pero cuando seas adulto serán los demás los que se cagen en ti, y eso jode aún más. No hagas caso a nadie, no te dejes influir por las envidias de los demás. Distingue a los que te quieren de verdad, y nunca los desprecies ni les faltes el respeto. Sé honesto contigo mismo. No esperes de ti lo que sabes que jamás conseguirás, pero no abandones tus ilusiones.
Ama con pasión, no dejes que la madurez acabe con el brillo de tus ojos. Dúchate a diario y lávate los dientes. Recuerda que la boca es tu tarjeta de presentación. Procura no engordar, o follarás menos. Haz deporte, lee libros y nunca dejes que el frutero te engañe. Si quieres dos kilos de peras, que sean dos. ¿Vas pillando lo que te digo?....En cualquier caso, esto que te he dicho no te garantiza la felicidad en tu vida. Así que si en algún momento no puedes más, haz como yo, coge un buen libro, busca un banco a la sombra y déjate llevar por las palabras de un buen ensoñador.
Mira, ahí viene tu madre. Menudo elemento. A mi mujer le vendió quince Tuperwares, tantos que ahora guarda mis calzoncillos en uno de ellos. Abrase visto....

Tuesday, May 16, 2006

6. La Crisis de la Teta Izquierda.

Nada más llegado el crío a su hogar, ya había iniciado la primera crisis institucional de la Familia Fernández: la Crisis de la Teta Izquierda. Concha y su hijo Juan nunca se han llegado a entender. Cada uno ha tenido su forma de ser y de entender la vida, y cuando ha habido conflictos entre ellos siempre se han solucionado en base a quién estaba más inspirado.
En su primera crisis la desventaja en principio era para Juan. ¿Qué podía hacer un pequeño bebé de 25 días teniendo en frente a la number one de las ventas del Tuper? Pues más de lo que uno se puede imaginar. Concha nos cuenta sus impresiones de aquella situación.
CONCHA
Debo reconocer que el niño llegó al mundo sin buscarlo, pero eso no significa que no le tuviera cariño. Lo que pasa es que siempre ha sido un niño muy especial, es así. Mi experiencia con bebés era nula. Siempre he huido de ellos. No, los niños mejor en casas de otros, pero este bebé tenía mis apellidos, mis genes, mi sangre y me gustara o no tenía que criarlo. Siempre intenté darle lo mejor, pero sin vulnerar mis principios. Yo no hago nada con la izquierda, y llegado el momento de la toma me negué en rotundo a darle de la teta susodicha. Y no se pueden ni imaginar cómo se ponía el Juanito.......... Bueno, sí. Imagínense a un perro pequinés protegiendo un hueso, pues igual.
Pero no podía dejar que se saliera con la suya. Así que me dejé llevar por mi mala uva y le di la primera lección al crío. Sin que me viera, remojé el pezón del pecho izquierdo con vinagreta. Luego llegué como si nada y, ante su asombro, me saqué el pecho que él quería. Jamás vi tanta ilusión en un bebé, y jamás tal cara de asco.
JUAN
Sí, efectivamente. La leche del pezón izquierdo estaba asquerosa. Se ve que el bebé-capo me hizo una novatada. Y no sé por qué pero cada vez que tomo ensalada visualizo pezones....

Sunday, May 14, 2006

5. Mi Primer Conflicto con Mamá.

Tras ese espectacular nacimiento en aquel cine de verano, el pequeño Juan fue llevado al hospital, y en pocos días sus padres se lo pudieron llevar a la que sería su hogar, aquel 3º A de esa calle del barrio de Chamberí. Concha y Antonio eran muy dejados, así que cuando llegaron con el bebé el padre quitó unos trastos que tenía en una habitación e instaló allí de mala manera una cuna que le habían dejado sus vecinos. La nueva habitación de Juan no podía ser más triste. No había peluches ni empapelados celestes, tan sólo esa vieja cuna y un armario de la Primera Guerra Mundial.

Concha, con esfuerzo, intentó centrarse en su hijo y dejar de lado sus reuniones de Tuperware y sus citas con las amigas. Pero ese esfuerzo no duró demasiado. Llevaba mucho tiempo haciendo las mismas cosas como para poder dejarlo todo de repente. Y sí, vale, el bebé era mono, pero le absorvía mucho tiempo. Antonio, por su parte, no ayudaba mucho. Cada vez que Concha le demandaba más atención al crío se limitaba a levantar un osito de peluche diciendo "mira, mira" con tono infantiloide, y nada más. Acto seguido seguía leyendo el periódico o viendo la tele, sin fijarse siquiera si el niño miraba o no.

Pero el peor momento del día llegaba cuando Concha intentaba darle el pecho a Juan. No había forma de que el bebé succionara leche y en vez de eso se dedicaba a llorar, gritar y agitar sus pequeños bracitos como podía. Pero mejor que Juan nos cuente qué es lo que ocurría.

JUAN
Las tomas de leche se convirtieron en mi primer conflicto con Mamá. Cuando estaba en la maternidad, en el hospital, el bebé de la cuna de al lado me dio un chivatazo. Me dijo: "Eh, tú, el de la caca amarilla. Chupa de la teta izquierda, que sale mejor leche." Teniendo en cuenta que era el capo del lugar, pues el pobre llevaba allí casi un mes, sus consejos eran casi órdenes para mí, así que desde entonces el pecho izquierdo de mi madre se convirtió en mi obsesión.
El problema llegó cuando a la hora de la toma, mi madre sólo se sacaba el pecho derecho. Claro, yo me negaba, y por eso me dedicaba a gritar, llorar, escupir la leche y morder su pezón, todo con tal de no probar su pecho derecho. Pero claro, mi madre era muy de derechas, así que se negaba a darme el pecho izquierdo, a pesar de que el médico le decía que tenía que darme de ambos, claro. Todo lo que le recordase a la izquierda política lo ignoraba, así que el conflicto llegó a momentos de gran tensión entre ambos.
Mira que yo se lo decía claro, "el izquierdo, Mamá, el izquierdo", pero no me entendía, o se hacía la tonta. Una de mis pocas cualidades es que aún recuerdo el lenguaje de los bebés. Yo sé lo que significa "ajó", de hecho, su significado es hoy en día el secreto mejor guardado del mundo tras la fórmula de la Coca-Cola. Y ahí lo tengo, guardado en mi mente y en el cajón derecho del mueble de mi cuarto, esperando un buen momento para vendérselo a alguna compañía. Y yo entendía perfectamente a mis padres. Mi padre, cada dos por tres gritaba aquello de "¡Ese niño no se calla!". Pero no me dolía, lo decía sin maldad. Y yo realmente le daba motivos.